Relato simple

 Viernes,19 hs. Cuarenta grados de sensación térmica en la Ciudad de Buenos Aires.



Como era de esperarse, casi llegando a la parada del colectivo, éste pasa por delante de mi nariz, raudo como un caballo, casi burlándose de mi decepción por no alcanzarlo.


Me dispuse a esperar, con una disimulada actitud de falsa paciencia, al próximo coche de una línea que, ¿por qué negarlo?, no tiene fama precisamente por su buena frecuencia.

Sin embargo, para sorpresa de todos los presentes, a los escasos diez minutos, fulguró en el horizonte de un ocaso de verano ardiente.


Antes de ascender, hubiera asegurado que iba a estar fresco y refrigerado, puesto que el aire acondicionado estaba funcionando, pero ésta expectativa se fue a pique, al corroborar que el único aire que se experimentaba allí, era denso y pegajoso, aún cuando no era excesiva la cantidad de pasajeros.


Cuando luego de un buen rato haciendo malabares, cual samba en parque de diversiones, sosteniendo la bandeja con comida que llevaba, me pude sentar. No tardó demasiado, un detalle, saltó a la vista, o a mi oído…

¿Viste cuando en plena madrugada, el ruido infinitamente molesto de una gotita oriunda de  una canilla mal cerrada, no te deja dormir? Bueno, así. Un sonidito de plástico retorciéndose cual cosquillas a cada instante, no me dejaba concentrar; la reiteración del mismo, me resultaba cada vez más irritante y sumado al despiadado calor, me ponía de mal humor.

Miré alevosamente al otro lado del pasillo, y allí estaba la razón. Una señora sentada en paralelo a mi asiento, vaciaba e ingería con frenesí y tono nervioso, un enorme paquete de pochoclos.


Tuve que obligarme a respirar profundo e intentar enfocarme en otra cosa para no distraerme del seguimiento que trataba de hacer del recorrido. Después de todo, no quería pasarme y bajarme del vehículo en el lugar equivocado.



Jazmín Sevilla

(Imagen: Pinterest)

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Murmullos

Inicio entrellado

Microcuento: El banquete